¡Este es mi cuento! Bueno, mío, mío... sólo el de la foto, desde luego lo escribió Charles Perrault, pero es mi favorito desde siempre. No sé cómo llegó a mí, o quién me lo regaló, lo cierto es que estaba en mi casa cuando era pequeña y siempre fue el que más llamó mi atención en mis primeros contactos con la lectura.
A lo largo de mi vida ha estado presente en muchas ocasiones. Por ejemplo, mis amigas con motivo de una celebración especial me disfrazaron de "La Rosita presumida" jajaja, acercándose mucho a la versión de mi cuento. También conservo un ex libris con la imagen idéntica y mi nombre, con el que marco mis libros, y que fue un regalo espectacular y muy emotivo que me hizo mi cuñada (la informática de éste mi proyecto).
Y ahora, vuelve a mi mente cuando la administradora de un grupo al que pertenezco nos propuso uno de sus originales y siempre divertidos retos para vestir a nuestras muñecas de ganchillo. El reto consistía en convertirlas en personajes de cuentos, con motivo del Día del Libro. No me pude resistir, era necesario que mi muñeca tuviera su traje de la ratita presumida.
El cuento está escrito en una época en la que las mujeres debían ser hacendosas y guapas para encontrar un buen marido, ya que esa era su única aspiración. Puede que ahora las aspiraciones hayan cambiado, pero sigue en la actualidad un tema que olvidamos por manido y repetitivo, pero que debería preocuparnos más de lo que lo hace.
La esclavitud por mantener una fachada que inevitablemente se marchitará o nos convertirá en seres de plástico. A todos nos gusta la belleza, sabemos reconocer tanto un paisaje como un ser bello pero eso, que sólo tiene el mérito de nacer así, no debería condicionarnos tanto.
Presumamos, pero de cuidar nuestro espíritu, de aprender a solucionar nuestras preocupaciones, de mejorar nuestro trato para con los demás, de ver el interior de las personas. Presumamos de comprensión, de respeto... De valores perdurables. Para que perdure la moraleja del cuento, no fijarnos en la fachada porque nos puede engañar, aprendamos a ver más allá.
¡Llenemos el mundo de ratitas y ratones presumidos, pero que presuman... del corazón!
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